martes, 20 de febrero de 2018

De "peses" plateados y excusas para imaginar



Hoy me desmarco del plantel de novedades porque me apetece hablar de uno de los libros más extraños (para unos) y extraordinarios (para otros como yo) de lo que llevamos de siglo, El Pes (Lóguez, 2002).
Seguramente habrán oído todo tipo de adjetivos sobre este álbum de las autoras Hanna Johansen (texto) y Rotraut Susanne Berner (ilustraciones), más que nada porque su lectura no deja indiferente a nadie. Se ha llegado a decir que en este libro se pueden encontrar numerosos discursos, incluso algún crítico se ha atrevido a decir que habla sobre el origen de la vida desde la perspectiva de un niño (será por esa simbología tan acuática en la que se desarrolla la acción) pero el caso es que un servidor ve otras muchas cosas más evidentes.


El Pes cuenta la historia de amistad entre una niña, Dodo, y una criatura quimérica, la que da título a este libro, mitad pez mitad persona, que recibe como regalo el día de su cumpleaños. A pesar de su calidad estética (N.B.: Colorido y formas se conjugan en un baile armonioso donde la amistad y las aventuras son una excusa para el disfrute), la narración, a mi juicio, tiene tres grandes bazas discursivas...
La primera es esa especie de confusión entre Dodo y su madre a la hora de denominar al supuesto “pes”. Su madre piensa que es un error de pronunciación (debería ser “pez” en vez de “pes”), pero la niña la corrige, es decir, asesta la primera llamada de atención a un mundo adulto que intenta encorsetar su cosmos fantástico. ¡Bien! Empieza la subversión.


Por otro lado también debemos detenernos en la estructuración narrativa que se articula sobre las escenas principales. En todas ellas se observa que la imaginación es la generatriz de nuevos ecosistemas en los que cobran vida varios objetos que aparecen en la habitación de Dodo (prestar atención a la primera página del libro, esencial para comprender todo y de composición magnífica por utilizar la barrera física entre página derecha e izquierda como divisoria entre dos espacios que en un futuro albergarán hábitats muy distintos). Se llena de mundos oníricos en el que osos polares y pingüinos de juguete pasan a ser de carne y hueso para habitar selvas tropicales y océanos lejanos que preceden al sueño, un momento ideal para rendirse al juego.


Por último, hay que llamar la atención sobre los adultos y su papel en esta historia. Padre, madre y abuela se empeñan en romper la magia que desatan Dodo y su nuevo amigo, tres (me encanta este número impar, tan especial y tan utilizado en cuentos y narraciones infantiles) momentos en los que la realidad adulta quiere hacer regresar a la niña de su creación fantástica para irse a la cama. ¿Para qué truncar su libertad? Me pregunto ¿Para soñar? ¿Acaso no está soñando ya?


Aunque el uso de recursos como la desaparición de márgenes como forma de desbordamiento narrativo está muy presente en muchos autores (les remito al Dónde viven los monstruos de Sendak o En el desván de Oram y Kitamura) hay que terminar el paseo por este libro tan interesante diciendo que Dodo, al contrario que otros protagonistas, prefiere quedarse en el espacio-tiempo que le proporciona el Pes, a regresar al lado de su familia, a una realidad que, aunque le pertenece, no le merece. Es así como, al final, la habitación entera, queda sumergida en la pecera, un lugar mínimo en el que, sin embargo, no hay límites para la fantasía.

lunes, 19 de febrero de 2018

Practicando la expresión escrita



Nada como empezar la semana en mitad de un atasco (y eso que esto no es Madrid... no me quiero ni imaginar lo que sería la capital española con el paso de burra que aquí llevan muchos...) para ponerse a pensar en los alumnos, en cómo llevo la programación, en sus resultados, qué actividades plantear..., ¡Ah! ¡Y un listado de libros! Para que lean un poquito y aupar así esa expresión escrita que delata a muchos en los exámenes... Que estructura oracional y signos de puntuación no es lo suyo. Y si no con esas mejoran un poquito, ¡tendré que recitarles alguna poesía...!

Puntos suspensivos

Un toque de admiración
se le regala al lector
cuando al final de la idea
nos dejan la puerta abierta.

Paréntesis

Una explicación encierran
(una sigla, una fecha)
o intercalan (como excusa)
alguna idea inconclusa.

Carol Libenson Svachka.
En: Punto y reímos.
Ilustraciones de Susana Rosique.
2017. Altos de San Carlos, Uruguay: Amanuense.


jueves, 15 de febrero de 2018

El esnobismo de la lectura



Como son tres las situaciones que me han llevado a escribir esta breve reflexión sobre el postureo de la lectura, me creo en el deber de trasladárselas para introducirles en el maravilloso mundo de la tontería literaria antes de hacer sangre.
El otro día estaba yo hablando de la lectura en un curso breve que imparto. De qué edad es la idónea para empezar a leer, de la existencia de diferentes metodologías, que si Montessori, que si tradicional, apuntaba a que cada niño tiene una evolución personal en lo que a lecto-escritura se refiere, que se puede vivir sin ser lector y morir siéndolo, que unos estudios dicen unas cosas y otros, otras, cuando de repente, una de las docentes que escuchaban señaló “¿Y los padres, qué? A mí no hacen más que presionarme porque quieren que sus hijos aprendan a leer cuanto antes...” Las compañeras asintieron calladas y yo sonreí porque no era la primera vez que escuchaba esta réplica.
En ese mismo curso y tras finalizar otra sesión, una de las asistentes se acercó a mí para comentarme algunas cosas que le habían gustado y otras que no (que para eso pagaba). Al terminar el pequeño debate le comenté que animara a otros compañeros de profesión a venir, a lo que respondió que se lo diría pero que supiera y entendiera que eran filólogos de formación, acudían a congresos universitarios, y publicaban en revistas de renombre. Volví a sonreír con perplejidad asiática y pensé que era verdad, yo no podía aportar mucho, no soy nadie, solamente otro lector.
Por último y por aludir a la red social de moda (que tanto me gusta sin ser un millenial) diré que el libro como objeto, ese que últimamente hemos puesto en el “candelabro” los amantes del álbum, lleva mucho tiempo en boga aunque no lo creamos. Adornando mesitas de noche o estanterías de diseño en perfiles de decoración, entre las manos de it-boys e it-girls o dando que hablar en las stories de famosos e influencers, los libros son la quintaesencia de lo cool, tienen mucho swing y swag.


Así, a bote pronto, está claro que la lectura, como la superlimpieza en seco de la tintorería “La Moderna”, es un signo de distinción, de esnobismo, vamos... No se asusten, no crean que voy a empezar una disertación sobre Thackeray (primero en usar el término inglés “snob”), Bordieu, o Veblen -demasiado sesudos para este jueves-, pero sí convendría centrarnos en las direcciones del término y, aunque en principio el vocablo “esnob” (castellanizado, of course) nace con un significado un tanto peyorativo (según el primer autor “aquel que admira mezquinamente cosas mezquinas”), el esnobismo que se adentra en el siglo XX evoluciona hacia un sentido más amplio en el que no se despoja de esa cáscara rugosa, pero que imprime connotaciones positivas hacia quien lo practica, ya que algunos lo incorporan en mecanismos sociológicos que tienen que ver con la superación intelectual.
Hasta ahí, todo en su sitio, pero en este sitio de monstruos cabe hacerse la pregunta “¿Qué mueve al esnobismo lector?” A mi juicio y resumiendo todas las pautas de comportamiento esnob que me he encontrado en otros lectores y en mí mismo (PINCHE AQUÍ si quiere conocer algunas), son dos las ideas que mueven el cotarro. La primera es creer que gracias a la lectura adquirimos un estatus mayor y la segunda es que la lectura nos hace mejores personas. ¡Vayamos a por la primera!


Quizá muchos consideren el esnobismo como un pecado del intelecto, más que nada porque encorseta más que libera, y no deja ver más allá de lo que se considera apropiado o “suitable” (este palabro inglés junto a “outfit” creo que se podrían extrapolar sin mucho problema al universo lector) cosa que a un clásico como yo se la trae fresca (¡Cada vez envidio más a los no lectores!). Lo que sí me molesta es que actos u objetos sirvan para cuidar la reputación y pasen a ser rasgos diferenciadores entre unos u otros, que se utilicen para ubicar en una escala a unos y otros, lo que a fin de cuentas es clasismo. El mismo que los adultos hemos trasladado al universo lector infantil gracias a una estructura social ampliamente estandarizada... Las familias cada vez tienen menos hijos y apuran sus esfuerzos en que se se desarrollen por encima de sus congéneres, en que estén super-preparados para lo que les espera. Tenemos la impresión de que si nuestros hijos no son los primeros en hacer algo, en despuntar, no servirán para nada, ni siquiera para ir a la cola del paro. Los padres ponen empeño y ultra-paternalismo (otra cosita de nuestro tiempo que también influye en todo el tinglao) en que los hijos trasciendan (N.B.: Como buenos animales que somos... Etología, pura etología). A muchos no les importa el precio (sobrecogido me hallo de la cantidad de clases particulares que reciben mis alumnos para poder aprobar asignaturas que, sinceramente, me parecen de risa, más todavía cuando se trata de los de cursos inferiores), a otros no les importa la infancia, ni el ocio de sus hijos, ni los ulteriores complejos (conozco auténticos muertos de hambre que se codean en clases de hípica con los vástagos de la media y alta burguesía... ¡Total na'!).
Con este panorama, no nos debe extrañar que la lectura infantil y juvenil se haya convertido en una forma de medrar, no sólo personal o social, sino también cultural. Cada Navidad escucho no sin gracia que los libros han llenado los hogares de media España. ¿Para qué?, me pregunto, ¿para parecer que leen? También me descojono cuando escucho que a los niños del vecino, los libros se los traen los Reyes Magos y los juguetes, Papá Noel (no sea que durante las vacaciones navideñas les dé un telele de tanta lectura).
Seguramente, algunos de estos niños acaben siendo lectores, muchos de ellos terminarán prácticando el “tsundoku” (palabra nipona que significa “Comprar un libro, no leerlo y dejarlo apilado sobre otros libros no leídos”) y otros tantos no volverán a coger uno, pero el caso (y puede que lo verdaderamente importante de todo esto para una gran mayoría) es que durante la infancia sus padres han creído estar preocupándose de la cultura de sus hijos, y lo que es ¿mejor?, hacer creer a otros que sus vástagos eran culturalmente activos en lo que a lectura se refiere (¡Como si no hubiera otras parcelas culturales como la pintura, la biotecnología o la programación informática!).


En segundo lugar debemos hablar del (supuesto) poder de la lectura, ese que muchas veces acaba cegándonos. Padres, maestros, bibliotecarios, mediadores, nos pasamos el día con la boca llena de libros, de lectura, como si no hubiera otras formas de alcanzar el gozo supremo. También hablamos de la literatura como una fuente inagotable de saberes, pautas comportamentales, compendios éticos y morales, o armas curativas. Esto quizá provenga de nuestra propia forma de leer, de nuestros intereses y preocupaciones, de los prejuicios sociales, resumiendo, de nuestro esnobismo ilustrado. Tenemos tan interiorizado el canon, el porqué y el para qué, o el deber de la lectura, que nos hemos olvidado de que la lectura literaria, la lectura ociosa y distendida no nos hace libres (aunque el acto de la lectura sí sea libre, ya que no es innato) ni mejores ni peores personas, sólo debe desatar un discurso que puede tener múltiples facetas y reflejos.
Dejando a un lado las cuitas del lector adulto para decantarse por Haruki Murakami, Amelie Nothomb, Chimamanda Ngozi Adichie o Fernando Aramburu, y por ende significarse entre sus iguales, regresemos a los pequeños lectores... Las temáticas de los libros infantiles dan mucho que hablar, más desde que nos aferramos a estándares y convencionalismos sociales que nos subyugan a comprar libros sobre emociones a mansalva para que nuestros hijos sepan cómo ser más felices. También libros informativos para que aprendan muchísimo sobre dinosaurios, plantas, medios de locomoción, anatomía, ingeniería, astrofísica y mecánica, también unos cuantos para lograr el empoderamiento de la mujer, para que sepan que las féminas también han puesto su grano de arena en la Historia. También tenemos cuentos que enseñan esto o lo otro, que nos dirigen... ¡Ufff! ¡Libros para todo! ¡Cuánto, cuánto y cuánto libro!
Todo esto está muy bien, más todavía si nos mantenemos informados de las tendencias, de lo recomendado por los medios de comunicación o el experto de turno, pero ¿nos preocupa como nos transforma la lectura, cuánto aporta a nuestra capacidad sensible? Habrá libros que, a pesar de tener una clara orientación comercial y estar sujetos desde el proceso editorial pueden empujar de alguna forma la lectura, pero otros muchos son producciones vacuas que ensucian el arte literario enmascarándolo de ismos y otros males de nuestra era.


Para finalizar y darnos un buen tirón de orejas (el que esté libre de...). Unos por leer mucho, otros porque leen poco, unos por exclusivos, otros por seguir la corriente, todos somos susceptibles de caer en el esnobismo de la lectura. Lo que quiere decir que debemos regresar a la capacidad de autocrítica y poner en tela de juicio nuestras necesidades desde un plano personal, porque la lectura, aunque suponga un esfuerzo intelectual (no nos llamemos a engaño, leer cuesta y es de valorar, pero no leer tampoco es ninguna vergüenza a pesar de que nuestra cultura de primer mundo abomine este hecho desde un esquema moral absurdo y uniforme), nunca debe dejar atrás la experiencia estética y humanista, fin de cualquier arte, en este caso, literario.



miércoles, 14 de febrero de 2018

¿Es aburrido lo cotidiano?


Sé que muchos de ustedes prefieren las vacaciones a la rutina. Ese sentimiento de libertad que les recorre durante el finde, los puentes o las vacaciones de verano les parece indescriptible frente a la monotonía del resto de los días, unos que resultan repetitivos y monótonos. Rebozarse entre las sábanas hasta bien entrada la mañana, desayunar a horas intempestivas, rutas de las tapas, quedar con Mengano y Zutano, una copichuela, ir al bingo o a la verbena de las fiestas del barrio, danzar sin cesar a galope de dos tacones de aguja, cena romántica y sesión de cine... Son muchas las alternativas a realizar en esos días en los que no hay despertador que nos trunque los sueños (en mi caso, la peor de las jodiendas... ¡Sienta tan bien soñar!), pero el caso es que esta mañana, me ha dado por cavilar en lo contrario... ¿Y si la sal de la vida está en lo cotidiano?


Aunque pensemos que los días de asueto son la mar de dinámicos (o eso nos han hecho creer el capitalismo y la llamada sociedad del bienestar: ¡Dadme una demanda y moveré el mundo! Resumiendo: ciudadanos monitorizados hasta las trancas), la verdad es que hay fines de semana que mejor que no existieran, no sólo por el rollazo monumental que suponen, bailes y cubatas mediante, sino porque parece ser que, desde que la dictadura del postureo se ha instaurado, todo ha de ser exótico y desorbitado. ¿Acaso nos tiene que ofrecer el tiempo libre una alternativa de vida?


Ahora me vendrán con los sempiternos “No sé tú, pero yo tengo una familia que atender” , “Me encanta jugar con mis hijos y nunca puedo” y un largo etcétera de razones que, aunque son muy válidas y correctas, no entrañan la consecuencia de una existencia más excitante, ya que he visto padres que han invertido todo el tiempo del mundo con sus hijos pero que no han sabido encontrar un sólo instante que desate momentos dulces para con ellos.
Dejemos que ocurran las cosas. Que hacer la compra, pasarle la fregona al suelo, dar clase, comer con nuestra familia, discutir con los compañeros de trabajo, esa avería en el ordenador, los besos de buenas noches y cualquier gesto que se adscriba al día a día, nos haga felices. ¡Oigan! ¡Que no sólo lo digo yo! También se lo dice Janosch en su Buenas noches, Topolín, un librito rescatado por la editorial Los Cuatro Azules el pasado año y cuyo protagonista es especialista en salpimentar los momentos aparentemente insípidos de la rutina.


Tomen nota y háganse un favor: busquen las diferencias en cada día sin necesidad de echar mano de los que presuponemos menos encorsetados. Y si no saben cómo, cojan este libro entre las manos para leer párrafos como este “-Ahora solamente necesitas algo que te alegre la vida -dice Canario-. Porque el que siempre está alegre vive mejor que un rey.” ¿A que su día es más luminoso?


martes, 13 de febrero de 2018

De humanos, bosques y espejos


Martes de carnaval y uno, que está de libranza, se pone a pensar. Voy de mi mismo a los demás y desde los demás regreso hacia mí, una especie de círculo vicioso que, a pesar de parecer repetitivo, va mutando día a día.
A menudo me encuentro con cosas de los demás que me gustan más bien poco e intento interiorizarlas para analizarlas desde una perspectiva propia que se parece más a la autocrítica que a otra cosa... No puedo alejarme del cinismo ni del humor negro que practico, ese al que, en parte, le debo el seguir viviendo, pero sí intento aproximarme a los demás desde una mirada personal, lo que a veces me permite pasar por alto ciertas actitudes poco decorosas, inapropiadas o sencillamente reprochables. Unas veces se deben a un factor educacional en contra el que es imposible luchar por adherirse al ámbito familiar, otras a cuestiones sociológicas, esas que inundan una sociedad muy voluble y condescendiente, o a discursos anacrónicos, también a los sectarios, etc. En fin, que todos tenemos excusas aunque dependa de otros el disculparnos o no.


Probablemente de la empatía que practico (N.B.: La mayor parte de las veces la omito o no exteriorizo. Tampoco es cuestión de darle alas a cualquier mentecato), crezca el discurso interior que sostengo, tan marítimo, ese que va y viene. Es una capacidad, una especie de espejo que permite mirarse en los demás sin llegar a ser reflejo. Observo y apunto, apunto y observo... A veces, no puedo evitar intervenir, decir cuatro cosas, para evitar que los demás se alimenten de uno, que quieran trascender a mi costa. Todo tiene su lógica y justificarse sin ella (pataletas aparte) más que con el sano juicio tiene que ver con aferrarse a un enlucido, resumiendo, para salvar el tipo.


Por estas razones y seguramente muchas otras, hay gente que decide elegir un espejo solitario y contemplar el mundo desde la atalaya de lo primario, lo animal, lo monstruoso y natural. Cerros, bosques o lagos también nos permiten mirarnos, hurgar adentro, ahí, donde habitamos. Esta es la razón por la que hoy trago El bosque dentro de mí, un álbum sin palabras de Adolfo Serra que me ha encantado desde la primera página. 


Esta genial obra ganadora del XIX concurso A la orilla del viento convocado por Fondo de Cultura Económica, nos propone un viaje (casi) circular por esos caminos que nos recorren y recorremos. Este itinerario comienza con un niño que se mira en el lago y halla un compañero de viaje. Vagan por el bosque, en parte perdidos, en parte encontrados, hasta llegar a la ciudad, la civilización hostil que, lejos de amilanar su espíritu, los empuja de nuevo a la libertad. Una bella metáfora del poder que nos recorre, de cómo lo usamos, de la intemperie del alma, de lo salvaje del ser humano. 


miércoles, 7 de febrero de 2018

Celebrar los “días de...” y las efemérides ¿anima realmente a la lectura?


Si ustedes han hecho algún curso de animación a la lectura seguramente les habrán comentado que tomar como excusa la celebración de los “días de...”, como por ejemplo el Día de la Mujer, el Día de los Derechos Humanos y el Día de la Tierra, o efemérides sobre autores y títulos que tienen lugar en una fecha próxima para desarrollar actividades en torno a libros que tienen relación con ellos o sus temáticas, es un inmejorable acicate para aupar a creadores y libros con cierta enjundia que van cayendo en el olvido.


Desde mi niñez llevo observando que ambas prácticas están muy generalizadas en el mundo de la mediación lectora, unas que se pusieron de moda en los últimos años setenta, primeros ochenta (hablo de España) hasta nuestros días. De hecho, sólo hace falta visitar cualquiera de las redes sociales de moda para constatar que muchos de nosotros hacemos alusión a estas celebraciones para recomendar libros y lecturas afines (sin ir más lejos les cito los hagstags #GloriaFuertes100 durante el pasado 2017, y el #DiadelaPaz hace unos días), pero tras más de cuarenta años con esto a cuestas, me viene a la cabeza la pregunta: ¿Realmente anima a la lectura esta práctica?


En primer lugar me cuestiono cuanto mal han hecho por la libertad lectora este tipo de asociaciones, es decir, relacionando literatura con celebraciones sobre el buenismo, los llamados valores, la tolerancia y la armonía, ¿acaso no estamos contextualizando el libro en una especie de esfera pedagógica, dogmática? Luego nos quejamos de que si los libros han pasado a ser compendios de emociones o sirven para esto o lo otro, cuando nosotros mismos somos quienes, desde nuestras supuestas “buenas intenciones”, no paramos de lanzar mensajes como “Lee y serás mejor persona” o “Lee y te ganarás el cielo”. Y mientras tanto, los receptores de estos mensajes, unos que ya están de vueltas y hartos de ser utilizados como monos de feria (siempre recuerdo el empeño de una compañera de trabajo por llevarse a los críos al balcón del ayuntamiento del pueblo para que con versos de Gabriela Mistral, políticos y otros cuervos dejaran que los niños se acercaran a ellos), se resignan, se encogen de hombros y piensan para dentro “¡Ya están de nuevo los plastas estos!”.


Por otro lado el tema de las efemérides o los obituarios, aunque me gusta más (por el hecho histórico, más que otra cosa), también he de decir que me despierta pena en vez de reticencias ya que parece ser que el ser humano, incluidos libreros y bibliotecarios, abandera con compasión el acto lector. La lectura se viste de homenaje hacia el creador fallecido para expiar la culpa de dejarlo caer en el olvido (las más veces). Sería algo así como no poder decir que alguien es un hijoputa por el mero hecho de haber muerto. Alabanzas y más alabanzas, para luego, continuar acumulando polvo sobre una estantería. ¿Triste, no?


Es en este punto cuando se me vienen a la cabeza las campañas de concienciación sobre el abuso de drogas o para la prevención de los accidentes de tráfico, unas estrategias que optan por alternar mensajes impactantes con otros más laxos para que los receptores no se relajen, es decir, poder captar su atención sin caer en lo rutinario. También rompo una lanza por la estrategia de Google ese buscador que se saca de vez en cuando efemérides de la manga sin tener en cuenta los números redondos ni caer en los tópicos. Basta con algunas animaciones, música y fuegos artificiales para que los foros hiervan de entusiasmo.


Considero que el amor por los libros, aunque se siembra con un poco de pasión y magia, también ha de tener mucho espectáculo, algo que se relaciona más con lo imprevisto, lo puntual y lo sorprendente que con lo repetitivo y recurrente. Hay días que me acuerdo de Delibes y otros de Mitsumasa Anno, de Munari o Tom Rand, también de Sendak o Lionni, de Ende o Lindgren, de Los conquistadores de McKee o El enemigo de Davide Cali, también de Nana Vieja y de El libro triste de Blake y Rosen. Considero que una buena obra literaria, sólo por el mero hecho de serlo, ya está presente en nuestro ideario y debe ser respetada como tal, no quedar para engrosar los listados temáticos que ofrecemos a los nuevos lectores, sino para empujarla hacia otros que quizá encuentren nuevos caminos y otras interpretaciones igual de validas, y no utilizarla como una demostración de nuestro compromiso para con ¿nuestras ideas políticas?, ¿nuestro pasado conjunto? o ¿nuestra experiencia?


Es por ello que hoy y para desmarcarme un poco de las tendencias del pasado Día de la Paz y la No Violencia, aquí les traigo el ¿Por qué? de Nikolai Popov, una obra reeditada por Kalandraka tras algunos años de descatalogación que pone en tela de juicio los rencores humanos y su resultado bélico interpretado por ranas y ratones. En esta ocasión, la casa gallega rescata la edición primigenia sin apenas texto (existen otras ediciones en las que intervino la escritora Géraldine Elschner) para recordarnos que las maldades de las guerras son susceptibles de emerger en cualquier instante, en cualquier día.


martes, 6 de febrero de 2018

Sobre el blanco (in)visible...


Mientras la nieve se ciñe sobre las curvas de nuestro país, yo observo el paisaje por la ventanilla.
Hago un descanso mental y recuerdo mi niñez, cuando caían aquellos nevazos y llamábamos frío a los quince grados bajo cero (¡Que flojos nos hemos vuelto con la sociedad del bienestar!). Nos pasábamos el día en el parque. ¡Dale que te pego a la nieve! Bolas, muñecos, resbalones, trineos improvisados... Llegábamos a casa con una amplía sonrisa pero chorreando. Toalla, ropa seca y a seguir mirando por la ventana. Embobado con los copos, me ponía a fantasear con que si, en ese momento, me hallara en mitad del llano, a la intemperie, y la ventisca arreciara, qué pasaría. Blanco sobre más blanco, quedaría desorientado, y vete-tu-a-saber la de aventuras que me habrían pasado. Sólo en mitad de la nada...


Regreso al ahora, este momento en el que, a pesar de la imagen de la nívea meseta que sigo respetando, mi mar de tierra cubierto por el invierno, sé que es posible la supervivencia. Aprovecho para pensar en los inuits, en el pueblo sami o en los habitantes de Siberia. Ninguno de ellos ha perecido, sino que se han adaptado. No pueden controlar el hielo o la nieve pero sí saben su comportamiento, como hacerlo más liviano. Iglús y trineos, reno y husky siberiano. No hay tu tía, en un hábitat hostil hay que buscarse las mañas.
Fíjense en los animales. Primero en las presas... Los lemings excavan sus galerías bajo el hielo para no ser vistos por las rapaces. Tampoco se deja ver la liebre de las nieves, camuflada bajo su blanco pelaje, una estrategia que también secundan la perdiz nival o las focas jóvenes. Al otro lado quedan los depredadores. Zorros árticos y osos polares, carabos lapones, armiños y lobos siberianos, que utilizan con sigilo plumas y pelos de color blanco y así proveerse de alimento que cuando la temperatura es rigurosa, es más escaso pero igual de necesario.


Y ahora, cuando el paisaje sobrecoge, no sólo por lo inmenso del horizonte, sino por lo quieto y callado, me asalta la pregunta de “en qué animal de las nieves me gustaría reencarnarme”. Unas veces estaría bien ser un lirón que no rompa el silencio, mientras que otras no me importaría ser un lince siberiano. Aunque seguramente lo mejor sea ser como El león blanco de Jim Helmore y Richard Jones (Andana editorial), unas veces invisible, otras no tanto, y así dar buena cuenta de que siempre se puede ser uno mismo, con sus miedos y encantos.


miércoles, 31 de enero de 2018

Cuentoterapia o ¿la sanación literaria?


Shaun Tan

“Cuentoterapia”... Suena a utilitarismo de la LIJ, ¿verdad? Un barrizal en el que llevo tiempo emporcándome y del que tienen muestras fehacientes AQUÍ y AQUÍ. Cada día que pasa escucho más y más esta palabra. Alguien la pronuncia en un curso, otros en las redes sociales... Suponía lo que era, me lo imaginaba, pero como soy un poco curioso, he creído oportuno internarme en ese mundo que aúna cuentos y psicología, sobre todo la terapeútica, para empaparme de sus bases y no errar demasiado en mis conjeturas (exponer de una manera objetiva un tema, siempre se agradece) aunque estas vengan de un monstruo como yo. ¡Doy el pistoletazo de salida!


Erin E. Stead

Aunque el término cuentoterapia no tiene más de treinta años, se pueden vislumbrar ciertos inicios teóricos gracias a los planteamientos de Bruno Bettelheim (Psicoanálisis de los cuentos de hadas) y otros psicólogos como Sheldon Cashdan (La bruja debe morir), que vieron en los cuentos de hadas una forma discursiva compleja mientras escuchábamos o leíamos cuentos. No es hasta el año 2002 cuando fue registrado por Antonio Lorenzo Hernández Pallares a pesar de que a finales de los noventa Jorge Bucay desarrollara sus “cuentos para pensar” que, aunque son creaciones ficcionales del propio autor, funcionan con algunos principios de la cuentoterapia. Durante las primeras décadas del siglo XXI la cuentoterapia se ha extendido como la pólvora en las consultas de psicólogos y psicoterapeutas, e incluso ha empapado escuelas infantiles y aulas educativas para ayudar a niños y no tan niños en la tarea de conocerse a sí mismos y al mundo que les rodea.


En inicio y de manera sencilla se podría definir la cuentoterapia como el arte de sanar a través de los cuentos, y ayudar a prevenir y educar en destrezas emocionales. Este método tiene como principal herramienta las producciones orales o escritas dirigidas a la infancia, tanto las que proceden de la tradición, como aquellas de ficción contemporáneas. Asimismo define tres tipos de cuentos o historias: los emosémicos (producen emociones), los monosémicos (poseen un mensaje) y los polisémicos (contienen diferentes mensajes).
En lo que a aspectos técnicos se refiere cabe decir que la cuentoterapia trabaja a dos niveles, el interpersonal o interpsíquico (cada situación o personaje se traduce en el tipo de relaciones que tenemos con los demás) y el intrapersonal o intrapsíquico (cada situación o personaje son diferentes facetas del mismo individuo).
En último lugar y para terminar esta introducción, señalar que, a todo lo anterior, habría que unir, por un lado los diferentes matices dependiendo de las escuelas y corrientes que sigan los terapeutas que utilicen o impartan estas técnicas en las que literatura y psicología se unen en pro de una mejor salud mental. Por otro lado, apuntar a los diferentes tipos de narraciones orales o libros que se utilicen en esta terapia.
Para saber más sobre estas terapias siempre pueden acudir AQUÍ, AQUÍ o AQUÍ.


Mitsumasa Anno

Aunque hasta este punto todo parece coherente y tiene sentido, me he hecho una pregunta... ¿Y lo literario, dónde se queda? Porque parece ser que además de terapia, también leemos, y no sé muy bien qué decirles. ¿Son efectivas estas metodologías? ¿Qué lecturas son las mejores?  Empecé a darle vueltas al asunto (venga y venga cavilar...). Aparte de estos alegatos (AQUÍ el primero y AQUÍ el segundo) que ponen en tela de juicio estas terapias, me apetecía hablar de la relación literaria con estas prácticas, así que apunté mis ideas en un papel, las organicé de la mejor manera que se me ocurrió y aquí las traigo, en forma de “peros”, para que les pongan pegas o añadan lo que crean oportuno...

1. Sanación o la magia de la lectura
Quizá muchos monstruos tengamos la culpa de que el libro, ese objeto que acompaña al hombre desde hace siglos, sea considerado una pieza mágica, casi esotérica. Nos encanta y lo defendemos a ultranza. Pero, ¿es un cofre lleno de tesoros que nos puede hacer la vida mejor? No nos debe extrañar que a él se adscriban ideas como el poder, la justicia o la sanación. ¿Es realmente tan necesario el libro para nuestra felicidad? ¿Nos sirve para todas esas cosas? ¿Es la medicina de todos los males humanos? Mientras buscamos respuestas acuérdense del efecto placebo, y no olviden preguntarse también porqué un libro, al presentarnos una sucesión de imágenes mentales que se forman a raíz de una narración o una lectura, ejerce un poder subliminal sobre los pacientes, es capaz de hurgar en nuestro subconsciente y resetear el sistema nervioso, repararlo y curarlo. ¿Magia o ciencia ficción?


Maurice Sendak

2. Los mil y un discursos vs. el discurso dirigido
Si han llegado a algún sitio con las preguntas anteriores seguramente se habrán topado con el llamado discurso. Aunque en lo que se refiere a narración, libros y literatura, casi siempre hablamos del discurso lingüístico, una forma literaria puede tener otros planos discursivos como el sociológico, el antropológico o el psicológico, algo que complica todavía más el estudio de este campo de minas. Cuando alguien lee un libro, sea del tipo que sea, se abren ante el numerosos caminos, multitud de interpretaciones, transformaciones que pueden converger o divergir, hacerle avanzar o retroceder. Existen mil vías que pueden llevar al oyente, al lector hacia otras tantas mil salidas. Pero si esas salidas no se contextualizan en un proceso discursivo literario sino en otro más pragmático como el psicológico, ¿quién es el encargado de dirigir a los lectores hacia a las correctas? ¿Ellos mismos? ¿El terapeuta? Yo lo único que sé es que en Literatura todos son válidos porque la lectura es un proceso que se realiza libremente (sea obligado o no, el que lee es porque quiere y el que no, mira el libro, que eso no es leer), pero en psicología ¿vale cualquier camino? ¿todos llevan a Roma?
Por otro lado también hay que hablar de la experiencia, un factor determinante en la lectura. Nuestras vivencias, nuestros miedos y vergüenzas, la familia, los amigos, los placeres y qué tipo de humor nos gusta, son personales y ajenas, otro condicionante que un terapeuta no puede controlar completamente a la hora de construir (o dirigir) el discurso resultante. 


Jimmy Liao

3. Lecturas literarias vs. lecturas terapeúticas
Mientras que unos terapeutas (los menos) prefieren para sus sesiones cuentos al azar (y me consta que muchos de ellos defienden el cuento primigenio sin aderezos ni edulcorante, algo que los monstruos agradecemos) y sin ninguna dirección, otros realizan una labor más dirigida eligiendo aquellos cuentos o producciones literarias que tienen relación con un problema determinado de sus pacientes. Asimismo también hay profesionales de la salud mental que obvian cuentos y narraciones que no son políticamente correctas (AQUÍ unos apuntes sobre la censura en la LIJ) para decantarse por parábolas o creaciones que sí lo son (¿Acaso la vida es correcta? ¿Se adecua a unos cánones? ¿A unas pautas y directrices?), mientras que otros prefieren centrarse en el símbolo y no tanto en la forma.
También me he fijado que muchos de los libros seleccionados por los terapeutas son libros introspectivos, es decir, en los que el lector o receptor puede buscar un reflejo de sí mismo, en los que no actúa como espectador de la acción que se desarrolla en la narración, sino como un actor. Sus ilustraciones suelen encontrarse con el surrealismo, contienen multitud de metáforas visuales y poéticas que nos hacen suponer qué corrientes o escuelas siguen estos profesionales. 
Libros como Noche de tormenta (Michèle Lemieux), Si quieres ver una ballena (Julie Fogliano y Erin E. Stead), El árbol rojo (Shaun Tan), La gran pregunta (Wolf Erlbruch) o El sonido de los colores (Jimmy Liao), plantean problemas existencialistas y vitales, quasi-filosóficos, trascendentales pero embebidos en una matriz poética, fantástica y hermosa, pero ¿por qué esas ganas de encontrar el super-yo? ¿Acaso no se puede ser feliz con el mini-yo? ¿Con Un día diferente para el señor AmosLa ola o El punto y la recta?
Para la última posición dejo los emocionarios, unos libros, informativos en unos casos, manuales ficcionales en otros, que se suponen muy útiles para identificar los estados anímicos del lector, y a los que yo sigo haciendo una mueca de desaprobación para recomendarles cualquier novela con un mínimo de calidad poética. Y si no saben cual escoger, pregunten a su bibliotecari@.


Norton Juster

4. La identificación con lo imposible
Sigo con mis cuestiones... Y si nos decantamos por cualquier tipo de creación literaria, obviando temáticas, argumentos o personajes, ¿se podría decir que todas las narraciones envían un mensaje que se puede extrapolar a la vida real? No creo que así sea ya que existen multitud de obras literarias (cuando hablamos de infantiles muchas más) que se enclavan dentro del género del nonsense o sinsentido, es decir, solo intentan divertir, evadir al lector y jugar con él de la misma forma que lo hacen el Monopoly® o el escondite. Tenemos que tener en cuenta que no todas las obras literarias ni todos los cuentos de hadas parten de una intencionalidad exploratoria ni mucho menos didáctica o pedagógica, sino que se acogen a principios libertarios, a arbitrariedades, a caprichos o a estupideces de los autores y que, como tales, no sirven más que para sonreír.


Michele Lemieux

5. Una ficción insensata o el prejuicio de lo inofensivo
Siguiendo con el punto anterior y citando a expertos como Alison Lurie hay que llamar la atención sobre la naturaleza subversiva de lo que campa en el bosque de la Literatura Infantil y Juvenil. Se cree que los libros para niños son completamente inofensivos, más todavía si los comparamos con fármacos y psicotropos. "¿Qué daño pueden hacer estos libritos llenos de ilustraciones coloristas, con cuatro frases y poquitas páginas?" concluyen muchos. Al contrario de lo que piensan muchos adultos, bastantes historias para niños rompen con las normas preestablecidas del universo adulto, trasgreden convenciones sociales y puntos de vista, son paródicas y desestabilizadoras (quizá por eso se elijan) que, si no eres un niño y has desarrollado una visión traslúcida y/u opaca a estas, pueden confundirte sobremanera cuando los lees en una terapia activa donde hay que buscar respuestas interiores que te ayuden a sobrevivir en un mundo creado para mayores. Desde La cocina de noche hasta Peter Pan y Wendy, encontramos muchísimos tipos de subversión en la LIJ que, si bien es cierto que se pueden utilizar para ilustrar o ejemplificar un caso concreto, yo no recomendaría nunca a un adulto, a no ser que quiera retrotraerlos a su más tierna (y compleja) infancia...


Armin Greder

6. Utilitarismo de lo literario
Según dice un conocido que realiza esta práctica con sus pacientes, “la lectura es un momento puntual en tu historia vital y puede marcar un antes y un después en un proceso terapeútico. Te permite acceder a redes emocionales a las que no se llegaría por otros medios". Seguramente esté en lo cierto, pero he de añadir que ese tipo de lectura no está inmersa en un contexto festivo o de ocio, que es lo que intentamos los monstruos y que por tanto, puede desvirtuar una magnífica obra literaria por el mero hecho de utilizarla como vehículo terapeútico.



En definitiva: los cuentos, los álbumes, los libros, sirven para muchas cosas además de para leer (¡Que nos lo digan a padres y maestros, Reyes de la LIJ moral y didáctica!) aunque muchas de ellas tengan poco o nada que ver con lo literario. Pero si todavía no se han dado cuenta, les traigo un último documento gráfico que espero que les saque de dudas. Disfrútenlo en la medida de lo posible, que mañana será otro día...


martes, 30 de enero de 2018

¿Te acuerdas? o cómo revivir los momentos compartidos


Si algo bueno ha traído la globalización a nuestras vidas es la posibilidad de estar conectados unos con otros a pesar de la distancia. Mientras que hace años unos cuantos cientos de kilómetros eran insalvables y estábamos condenados a alternar con la gente de nuestro mismo territorio, en la actualidad tenemos el mundo entero a nuestro alcance, no sólo por facilitarnos la tarea con los seres queridos que se han ido a currar a la Conchinchina, sino porque coincidimos con gente con la que tenemos intereses comunes o mucha afinidad, y que de otro modo sería imposible relacionarse.


Redes sociales, foros o aplicaciones de diferente índole son un buen lugar (aquí pasa como con la energía nuclear, siempre y cuando su uso sea el correcto) para echar un chascarrillo, hablar de ilustración infantil o discutir sobre panfletos y literatura (N.B.: ¿Recuerdan aquellas secciones en las revistas infantiles y/o juveniles en las que muchos chavales buscaban cartearse con otros? Seguramente buenas amistades salieron de aquellos sellos de correos...). No obstante, no siempre nos quedamos con todo aquel que conocemos (y no hablo de ligoteo, que también), sino que muchas veces desechamos a muchos candidatos después de comprobar que no son de nuestro agrado o incluso no les damos oportunidad en base a prejuicios bidireccionales.


Aunque todo esto está muy bien, les digo que no hay nada como el cara a cara. Está claro que el tú a tú construye unas relaciones sociales más estrechas. Los gestos, el lenguaje corporal, el tono de voz, su timbre, el contexto... El contacto físico, una caricia, un abrazo o un puñetazo (sí, como oyen), pueden ser el detonante de una maravillosa amistad. Se necesita más información de la que aportan las pantallas de ordenadores y móviles para constatar que la comunicación entre dos personas se eleva a otro plano. Las miradas cómplices, la sorna y la broma, coincidencias vitales, o cómo son sus amigos o familiares, son cuestiones importantes ya que muchas veces las apariencias engañan y podemos obviar personas que sí tienen mucho que ofrecernos (y al revés, que no es oro todo lo que reluce...).


Mi generación se ha criado en la calle, en los parques, en los bancos del barrio. Todo el día para arriba y para abajo, en las barras de los bares o en los campamentos de verano. Compartir vivencias más allá de la pose o lo esperado. Romper las reglas, rozar la tragedia, llorar, reír, saltar o agarrarse una melopea, aunque son hechos aislados, puntuales, pueden resultar entrañables y especiales. Quizá suenen a fuegos de artificio, superfluos o vacuos, pero si además en esa relación existe un poso, una honda cadencia, la nutren de vigor y fuerza.


Se me vienen a la cabeza todas aquellas personas que se han cruzado en mi vida y con las que he conectado ipso facto, pero que, por unas circunstancias u otras, lo que pudiera haberse traducido en una relación estrecha, no trascendió... Alguna vez que otra y por cuestiones del azar, he coincidido en el tren, en el metro, en cursos y seminarios (aviso que no soy de teléfonos ni mensajes diarios), con unas, con otros, y como por sorpresa, nos ponemos a hablar del pasado, de lo que nos pasó aquella noche, de ese viaje en el que coincidimos, o de los años de universidad, y, como por arte de magia, parece que no ha pasado el tiempo, que algo se detuvo en aquel momento y, a pesar de creerlo volatilizado, sigue ahí, coherente, intacto.


Y esos me llevan a los de siempre, a los que quedan. También a los que van viniendo porque el mundo gira, a los que nos dejan motu proprio o por capricho ajeno. De ahí salto a los que se han enfriado y a los que entregan cobijo cálido... Y a pesar de la nostalgia, del sabor ¿agridulce? que la vida te deja, cada vez me gusta más la pregunta “¿Te acuerdas?”

Zoran Drvenkar y Jutta Bauer (il.). 2017. ¿Te acuerdas? Lóguez.


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