miércoles, 22 de noviembre de 2017

Apuntes sobre la muerte en los álbumes ilustrados y un libro


La muerte en los álbumes ilustrados es un tema más que trepidante, que ha dado para un sinfín de estudios académicos y divulgativos sobre esta parcela controvertida de la LIJ, más todavía si tenemos en cuenta las sinergias que presenta un género tan apasionante como el del álbum que tanto, bueno y malo, está dando al panorama de los libros para niños durante los últimos años.
La muerte, ese hecho icontestable que pertenece a la dualidad humana y que mueve nuestra naturaleza, toma distintas formas en los álbumes ilustrados, así como variadas interpretaciones.


Sobre las representaciones que la muerte toma en los álbumes ilustrados podríamos empezar y no parar, no sólo porque sería un ejercicio muy descriptivo, sino porque generalmente se adscriben a la esfera de la fantasía propia o ajena de cada autor. Hay quienes que la representan en forma de monstruo irascible, otros a modo de ente sutil y delicado, y los demás prefieren hacer referencia a las formas más clásicas en las que capa y guadaña son el santo y seña de la hora postrera. Todas válidas y todas asimilables por el lector si están bien inmersas en el contexto narrativo.


Lo que sí me resulta mucho más llamativo e interesante es el significado, el sentido que tiene la aparición de la muerte dentro de la literatura para niños y jóvenes, un discurso que se suele relacionar con las diferentes religiones que pululan por el mundo. Me explico... Si se dejan seducir por las historias donde este hecho está presente, podremos observar que la muerte tiene múltiples facetas. Liberadoras, trágicas, esperanzadoras o normativas. Todas ellas dependen de manera explícita o implícita, en mayor o menor medida, del sentido que católicos, judíos, musulmanes, protestantes o budistas hayan querido imprimirle. Esto no quiere decir que los diferentes autores expresen en su respectivo universo sus propias creencias, sino que la muerte, como todos los aspectos globalizados de la vida, empieza a cobrar la misma naturaleza polifacética que otras parcelas sociales, algo que se puede observar en la evolución de las historias para niños desde hace cien años a esta parte. Mientras que en inicio estas obras sobre nuestra condición efímera se cargaban de hondo pesar y maneras trágicas en las que primaban el miedo y la apuesta por lo vital, conforme han ido pasando los años adquieren un cariz mucho más normalizado y racional donde el lector se abre a un amplio abanico de posibilidades, comprensibles o no.


Asimismo también sería interesante poder captar la impresión que las ilustraciones tienen sobre la interpretación de bastantes obras clásicas -cuentos sobre todo- que tienen como protagonista a la muerte. Sin ir muy lejos podríamos establecer la comparativa entre las ilustraciones de El gigante egoísta de Oscar Wilde, una historia en la que el protagonista fallece y que ha sido ilustrado por excelentes artistas como Lisbeth Zwerger, Wladimir Woglialo, Alexis Deacon, P. J. Lynch, Ritva Voutila o Charles Robinson. Mientras que unos beben de cierto tenebrismo y dramatismo, otros imprimen luz y colorido a la misma escena. Es decir, la retina capta una impresión diferente gracias a la pareja blanco-negro que se asocia sin remedio a celestial-infernal.
Si a ello unimos que dependiendo del estilo de la ilustración se pueden establecer juegos de impresiones en los pequeños lectores, la cosa se complica todavía más ya que, no es lo mismo contemplar una muerte como la de Pequeña parka (Squilloni & Faber, 2009, A buen paso) que la de Inés Azul de Pablo Albo y Pablo Auladell (2010, Thule). El trazo rápido, el carácter de historieta, lo figurativo de las imágenes, el volumen o la composición de la página pueden ayudar a que el discurso se fabrique desde un prisma diferente al esperado y el humor o la gravedad inunden las ideas.


Es así como llegamos a otra muerte, la de Soy la muerte, escrita por Elisabeth Helland Larsen e ilustrada por Marine Schneider (2017, Barbara Fiore Editora y que forma tándem con Soy la vida, libro de las mismas autoras), una muerte azulada que monta en bicicleta, que camina por un mundo real y onírico, que juega con nosotros en escenarios claros y desempañados, sutiles y a veces silenciosos en los que el lector puede realizar más de un ejercicio introspectivo que puede desbordar sobradamente las páginas gracias a lo poético.
A un lado dejo el debate que provoca la conveniencia o no de este tipo de libros entre los más jóvenes de la casa. Seguramente unos adultos piensen que es favorable y otros piensen que los libros infantiles deben preocuparse por otros menesteres, no sea que algunos se obsesionen con ciertos temas para mayores.


Lo único que sé es que, en lo que atañe a la muerte, hay que ser un poco monstruos. No sea que te veas como la Paca, una amiga que roza la cincuentena... Desde que murió su anciana madre, está desubicada, abandonada, olvidada, laberíntica digamos. Nadie entiende su triste camino. Nadie comprende su pesar, ese de la soledad. Que si ha de sobreponerse y dejar de llorar. Leyes de vida dicen por aquí, enmadrada, dicen por allá. Pero lo que le ocurre a la dulce Paqui es que está perdida, nada más.

martes, 21 de noviembre de 2017

Dando voz a colegios e institutos


¡Lo que serán los libros...! Hasta que la otra tarde no me topé con El primer día de un colegio, el último álbum de Adam Rex y Christian Robinson (Corimbo), nunca me había dado por ponerme en el pellejo de un centro educativo. Ya sé que la personificación es una baza inmejorable a la hora de crear personajes, pero el caso es que los maestros estamos tan ensimismados con nuestras penurias (¡Ay que lastimeros -e irónicos- nos parieron!) que no caemos en la cuenta de que hay otros que están peor, véanse las aulas, nuestros patios de recreo, el gimnasio (el que lo tenga, porque eso sí debería preocuparle a la inspección educativa y no los dichosos estándares) y la biblioteca escolar (otra entelequia).


Lo de colegios e institutos es de traca y no precisamente para celebrar nada, sino todo lo contrario... Conozco uno que se ha pasado unos cuantos años con la mitad de las ventanas agujereadas (Por falta de presupuesto, aducían. Hasta que otros llegaron al cargo y demostraron que la falta tenía otras naturalezas), otro al borde de la congelación (Un lunes llegué a cierto laboratorio, el mercurio marcaba 10º C y empecé a repartir alicates, el instrumento que íbamos a utilizar para sacarnos los mocos de ese momento en adelante), y unos cuantos en los que los ordenadores databan del Cenozoico (luego que si las TIC, las aulas on-line...). No se crean que esto es un chollo. Ni siquiera las vacaciones, que como no son flexibles tenemos que ir a Baqueira en verano.


Si yo fuera el instituto en el que desempeño mis servicios en la actualidad, me cagaría en las muelas de los arquitectos que me diseñaron, no sólo por la orientación con la que me proyectaron (¿No había sitio? Manda huevos estando rodeado de buenos bancales), sino por eliminar las persianas (ni que estuvieramos en Laponia, con dos horas de sol si es que sale...) y darme esa fisionomía de nave industrial de productos ultracongelados. Vamos, o que aquellos se liaron la manta a la cabeza con la máxima de “los cerebros escolares bajo cero”, o que habían estudiado en el trópico (mentecatos...)


Si a todo esto añadimos el poco decoro que los alumnos muestran hacia espacios y mobiliario, me echaría a llorar. Chicles pegados debajo de pupitres (me acuerdo de las palabras de un ser repugnante defendiendo con sorna la belleza de este clásico), sillas sin tornillos y respaldo, baños lodados (¡Que pesteeee!), puertas astilladas, percheros desmembrados y armarios sin cerradura, son males pequeños, cicatrices que cualquier colegio sufre callado.
Así que me alegro de que alguien le de voz a estos edificios tan poco carismáticos pero muy entrañables dentro del excepcional marco de los libros infantiles, unos que se hacen eco de lo infantil y cotidiano. No sólo por lo que atañe a lo poético, sino por hacer visible que, dentro de lo que cabe, los centros educativos son de todos, unas veces como alumnos y otras como contribuyentes y padres.


lunes, 20 de noviembre de 2017

Juegos infantiles contra la adulta gravedad


Contaminarse es cosa de adultos. Es lo que toca cuando no puedes volver a Nunca Jamás. Hasta el último mono tiene ganas de hacerse “grande”. Medallica por aquí, medallica por allá. Sobre todo a costa de los demás, que es lo que más luce: mandar, mandar y mandar. ¡Ay cómo se te ocurra poner su palabra divina en tela de juicio! ¡Maldito quedarás! Ccaerán sobre ti y te sepultarán. A ver si heredan el cortijo y revientan, poquito a poco, para que nos luzca a todos, a ellos sobre todo.


Estoy harto de adultos haciéndose los responsables... Román, no digas tacos, es mejor ser suavón y sibilino... Román, es preferible acuchillar a la gente por la espalda que en público, les gusta mucho más... Román, la política no se habla, se hace... Román, saltar, correr, reír... ¡eres peor que los alumnos! Un profesor de verdad debe ser odioso, gris, ¡ceniciento!... Román, esos temas con prudencia, no sea que la gente piense con coherencia... Román, ¡qué irresponsabilidad!...


Y pensar que cuando era un niño ¡nadie sabía mi nombre...! Ramón, Germán, Tristán, pero nunca Román...) ¡Qué asco de gente, que a uno no le dejan jugar! Yo solo me divierto, y ya está. Me gusta vivir, me gusta danzar, me gusta reír y me gusta soñar. Por ahora, nadie me ha robado la infancia, ¡ni me la van a robar! Les aviso que los monstruos no dejamos la vida sin más. Un servidor, como la yedra terca, luchará por brotar.


Me hace más feliz hablar de libros con los alumnos que con algunos adultos (¡Shhhh! ¡He montado un club de lectura en una hora de clase! Pero no se chiven que seguramente docentes y padres exclamarán “¡Qué gran inutilidad!”). Parece ser que cuando uno llega a cierta edad todo se debe rodear de problemas. El gesto se torna grave y la sonrisa es algo testimonial. Seguramente sea fruto del aburrimiento (Trabajo, casa, familia; trabajo, casa, familia. Hartazgo asegurado), quizá una pose necesaria (La mujer del césar no sólo debe ser honrada, sino parecerlo), pero el caso es que quienes no la secundamos, según ellos, no nos realizamos. Qué asco de gente (soy menos poético que Momo, la de Ende, que también se enfrentaba a este tipo de humanos).


Menos mal que estamos nosotros, la resistencia, para dejarnos de chorradas y andar inventando. Reírnos de nosotros mismos, también de los demás. Juguetear con unos, hacernos pasar por otros y, sobre todo, disfrutar. Como la protagonista de La saltinadora gigante un álbum de Helen Oxenbury y Julia Donaldson (Juventud) que mezclando juegos infantiles, prejuicios adultos y las retahílas, nos trae una historia sencilla y encantadora en la que más de un niño y un adulto se verán reflejados, por lo cómico, por lo absurdo.
En fin, vamos a correr un (es)tupido velo y pensar en las emociones y momentos felices que nos esperan, que es lunes y no me quiero mosquear.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Grandes figuras de la ilustración LIJ (XXII): Bruno Munari


Hace casi un año que la editorial argentina Niño Editor se embarcó en la publicación de los libros que conforman la Serie Infantil de Bruno Munari, quizá la más conocida de este autor dentro del ámbito de la LIJ. Era la primera vez que se editaba en castellano y a muchos nos hizo verdadera ilusión. Su salida en nuestro mercado fue en pleno mes de diciembre, una época que si bien tiene mucha repercusión comercial, también obliga a que otros muchos pasen desapercibidos debido al gran volumen de novedades que se ponen a la venta.
Aunque en aquel entonces apunté a estos títulos (ver la selección anual de este sitio), decidí esperarme para internarme más en profundidad en las páginas de una colección magnífica que, si bien ha pasado el tiempo, permanece atemporal ante los ojos de los niños, y de paso hacerlo protagonista de esta sección y ensalzar la figura de un creador (pueden disfrutar de los 21 creadores restantes AQUÍque introduce vanguardias, cambios revolucionarios y nuevos conceptos que han trascendido el tiempo y cuyo ejemplo cunde en autores posteriores.



Lo primero, una pequeña biografía...
Bruno Munari nace en Milán el 24 de Octubre de 1907 (hace un par de semanas hubiera cumplido 110 años... ¡Felicidades con retraso!), pero su infancia y adolescencia transcurren en Badia Polesine donde llega con seis años de edad. Con 18 años regresa a Milán para trabajar con un tío ingeniero y comienza a frecuentar los círculos del arte y el diseño de la época. Dos años más tarde, en 1927, se adhiere al movimiento futurista milanés de segunda generación que es abanderado por Marinetti, exponiendo junto a este grupo de artistas.
Tres años más tarde se asocia con el pintor Riccardo Ricas Castagnedi, con quien abre el estudio gráfico “R+M” donde trabaja con el grabado y experimenta con técnicas innovadoras hasta 1938. Durante estos once años Munari comienza a internarse en las corrientes del surrealismo y la metafísica de la mano de Dalí y Andrea de Chirico, y en 1930 realiza la estructura Macchina aerea considerada como el primer móvil de la historia del arte, y que replanteará más tarde (1972). A esta le siguen las Macchine Inutili (1933) sobre las que prosigue la investigación de obras de arte en movimiento, unos objetos suspendidos donde todos los elementos están en una relación armónica entre sí por sus medidas, formas y pesos. Durante este año viaja a París, donde conoce a Louis Aragon y André Breton, y da por finalizada su relación profesional con Riccardo Ricas.



Macchina aerea


Macchine inutili

Desde 1939 a 1945 compagina su trabajo como diseñador gráfico en la editorial Mondadori con la dirección artística de la revista Tempo y la creación de libros de literatura infantil. A partir de ese momento su producción va in crescendo.
En 1948, junto a Gillo Dorfles, Gianni Monnet, Galliano Mazzon y Atanasio Soldati, fundó el movimento Arte Concreta.
En la década de 1950 sus investigaciones visuales lo llevan a crear los Negativos-Positivos, cuadros abstractos con los que el autor deja escoger a voluntad del espectador la forma del primer plano y la de fondo. En 1951 presenta sus Máquinas Arrítmicas en las que el movimiento repetitivo de la máquina se interrumpe con casualidad mediante intervenciones humorísticas. En 1954 utilizando lentes Polaroid, construye objetos de arte cinético denominados Polariscopi gracias a los cuales es posible utilizar el fenómeno de la descomposición de la luz con fines estéticos. En 1953 se dedica a investigar en el proceso creativo de la misma naturaleza con El mar como artesano (una colección de objetos modificados por el mar) y el Museo imaginario de las islas Eolie, 1955, donde incluye reconstrucciones teóricas de objetos imaginarios, composiciones abstractas que limitan con antropología, humor y fantasía.



Polariscop


Da lontano era un'isola

En 1958 modelando los dientes del tenedor crea un lenguaje de señas a través de los llamados tenedores parlanchines, y presenta sus esculturas de viaje donde el arte deja a un lado su función monumental para considerar objetos de viaje que ayudan al nómada a ubicarse emocionalmente en las habitaciones anónimas de los hoteles del siglo XX.



Forchette parlanti


Sculture da viaggio

En los años sesenta comienza a viajar con frecuencia a Japón y establece una estrecha relación con la cultura nipona que le llevan a dar vida a creaciones como su Fuente a cinco gotas (Tokio, 1965). Durante esta etapa también se dedica a obras seriales o experimentaciones visuales utilizando fotocopiadoras (1964). Cabe destacar el tiempo que invierte en Cardina, sobre la colina de Monteolimpino, entre 1962 y 1972, donde realiza películas cinematográficas de vanguardia (I colori della luce o Tempo nel Tempo), y a la que vuelve en sus años de vejez. De esta experiencia nace la Cineteca di Monteolimpino - Centro internazionale del film di ricerca.
Durante lás décadas de 1980 y 1990 contribuye en la creación de óperas, da vida a las esculturas Filipesi (1981), sus Rotori (1989), las estructuras Alta Tensione (1990), las grandes esculturas en acero expuestas en las orillas de Nápoles, Cesenatico, Riva del Garda o Cantù, los Xeroretratos (1991), y los ideogramas titulados Árboles (1993).
Tras varios reconocimientos a su gran actividad dentro del arte contemporáneo, entre los que se cuenta el Premio H. C. Andersen (1974) o el premio Lego (1986), que reconoce la creatividad hacia la infancia, Munari fallece a los 91 años en su ciudad natal.



Aunque la producción artística de Munari abarca más de 600 proyectos donde se amalgaman todo tipo de ideas, técnicas, métodos y formas que van desde la escultura, la pintura, la cinematografía, el diseño industrial o la fotografía, en este lugar de monstruos hemos de centrarnos en su producción editorial. Esta actividad que abarca unos setenta años (desde 1929 a 1998), tiene varias líneas como los libros o manuales técnicos, los ensayos, los libros de artista y los que se conocen como sus libros para niños.
Los primeros libros para niños que idea Munari son los de la llamada Serie infantil, un total de nueve libros, que en inicio son creados para sus hijos, más concretamente para Alberto. Como no encuentra nada en el mercado que le convenza, decide sumergirse en el mundo de la creatividad dirigida a los niños. Tras la buena aceptación que tienen entre sus hijos, la casa Mondadori se interesa por ellos y salen a la venta entre 1945 y 1946. Estos libros, algunos circulares, cuentan con pestañas, troqueles e ilustraciones anidadas que, utilizando la sorpresa y el juego, aúpan al objeto libro, le confieren identidad y permiten al lector sumergirse en un mundo interactivo en el que aprender. Son extraordinarios exponentes de los libros pop-up con niveles discursivos complejos (para más información diríjanse a este monográfico).



En 1949-1950 comienza a realizar los Libros ilegibles, libros de artista en los que las palabras desaparecen para ceder espacio a formas insólitas e innovadoras que parten de la encuadernación y los elementos físicos del libro. Estos libros siguen la estela de los boletines del movimiento Arte Concreta en los que Munari concibió varias portadas muy similares a lo que luego se vería en sus Libros ilegibles. Entre estos libros sin texto pero multisensoriales destacan dos, el Libro Illeggibile Bianco e Rosso y el Libro Illeggibile MN1. Son los que más han trascendido puesto que estos libros eran únicos o constituían tiradas limitadas editadas por museos o galerías de arte. Son lugares que permiten imaginar otro tipo de discurso leyendo páginas de distintos colores, encontrarse con el arte desde una perspectiva primigenia.



Boletín nº 5 Arte Concreta


Libro Illeggibile Bianco e Rosso


Libro Illeggibile MN1

Además de estas series tan conocidas por su vanguardismo no hay que olvidarse de dos libros, Della Notte Buia (1952, disponible en castellano en la editorial Corraini como En la noche oscura) y Nella Nebbia di Milano (1968). En ambos títulos Bruno Munari utiliza recursos que destacan la tercera dimensión y que tienen mucho que ver con el surrealismo. Mientras que en el primero usa los troqueles, en el segundo combina, tanto las páginas troqueladas, como páginas de papel translúcido, un material muy utilizado por él. Es así como Munari consigue dotar de atmósfera y profundidad a las historias que cuenta, sumerge al lector en el espacio de la doble página y le da protagonismo.









Entre los dos anteriores, Bruno Munari idea su Alfabeto (1960), un libro informativo que combina elementos de ilustración figurativa-realista, con elementos tipográficos. En él destaca la composición de cada doble página, un ejercicio de diseño notable que desata en el lector un juego visual que le ayuda a integrar lo que ve.



En su última etapa, Munari da vida a los Prelibri (1980). Es curioso como Munari realiza un en sus obras para niños un viaje creativo inverso al que se le presupone al de la lectura, es decir, comienza a dar forma a libros con texto para terminar con estos libros, títulos dirigidos a los prelectores en los que la alternancia de formas, los colores, los materiales de las páginas, y elementos como el modo de encuadernación, rasgaduras, agujeros e hilos que atraviesan las páginas, pueden crear escenarios donde el niño puede experimentar y ser consciente del libro como entidad física. Muy relacionados con los Libros ilegibles, son libros-objeto que, despojados de un mensaje textual, ayudan a desarrollar la creatividad gracias a la elasticidad mental de los niños más pequeños.



Por último, no se nos puede olvidar que Munari también colaboró en proyectos ajenos de autores como Gianni Rodari, en los que destacan los diseños para las cubiertas y algunas ilustraciones interiores, así como en proyectos editoriales informativos. He aquí algunos de ellos.




La mayor parte de la obra de Bruno Munari, incluidos sus libros infantiles, se sostiene por un objetivo fundamental: Munari entiende el diseño como una operación de comunicación visual y defiende que, como tal, debe despojarse de detalles y artefactos, estar únicamente regida por la funcionalidad y la simplicidad, los principios básicos de toda comunicación que, además, tiene que ser objetiva y, sobre todo, universal, es decir, cualquier persona, independientemente de su edad o procedencia, ha que entender el mensaje, la esencia, la idea.


Macchine inutili

Si además añadimos que Munari se define a sí mismo como el “eterno bambino”, no es cosa baladí atender a tres pilares principales que vertebran sus libros infantiles como son:
- La experimentación es un vehículo a través del cual el lector puede encontrar un camino. Munari trata la experimentación desde dos visiones, como creador y como espectador. En la primera invita al actor a experimentar dentro del objeto, y por otro, a experimentar junto el objeto, durante su proceso creador (ver sus talleres Jugar con la fotocopiadora, 1991 y Jugar con la soldadora, 1994).
- El juego. Munari fue uno de los primeros artistas en introducir el juego en el libro. El juego es una constante primitiva en su viaje artístico y embebe toda su producción. Descubrir, buscar, voltear y, sobre todo, pasar páginas, son procesos que alimentan la curiosidad del lector y le invitan a pasear. Al igual que sucede con la experimentación, aquí también encontramos dos vertientes, el juego implícito en el objeto, en este caso el objeto libro (Serie Infantil), y el juego que establece un niño o un adulto en la realización de un proceso (N.B.: No nos olvidemos de su laboratorio Reencontrar la infancia, Milán 1989, cuyo objetivo era retrotraer a la infancia a personas de cualquier edad puesto que para él y en sus propias palabras “Jugar es algo serio”). Como ejemplo estas vertientes véanse los laboratorios Jugar con el arte, 1977, Jugar con la naturaleza, 1988, o sus Mesas táctiles, 1995.
- El aprendizaje (desde su sentido más amplio, no sólo el didáctico). A partir de los años 70, Munari decide orientar su producción artística hacia el plano de la didáctica verdadera y real. Su finalidad es enseñar a través del arte y el diseño. Es necesario que los caminos se bifurquen, se abran interrogantes, alternativas, pensamientos en todos los sentidos. Esto se consigue con una visión plural donde juego y experimentación van de la mano.



ABC con fantasía (juego)



Piu E Meno (juego, junto a Giovanni Belgrano)

Por último y por alusión a algunos aspectos que también aparecen en su producción no editorial, hay que apuntar a ideas destacables en la concepción de algunos libros infantiles como:
- El arte cinético. Munari no concebía el arte sin el cambio. El movimiento, la posición relativa y la perspectiva fundamentan libros como El ilusionista o Buenas noches a todos. Solapas, situaciones dinámicas y pestañas ofrecen una dimensión interactiva del objeto libro.
- La luz, sobre todo en lo que se refiere a la conjunción positivos-negativos, contraluz o trasluz, algo que podemos observar en su Della notte buia.
- La naturaleza como creadora. La naturaleza es la que dibuja y esculpe sus obras. Por ello animales grandes y pequeños (Nunca contentos), la niebla que cubre las ciudades (Nella nebbia di Milano), o la dualidad día-noche, también son los protagonistas de sus historias
- La forma y la dimensión son dos variables que el autor considera imprescindibles para establecer el diálogo entre niño y libro. Recomiendo sus Prelibri y/o Libros ilegibles para entender este concepto.
- Objetos imaginarios. Munari crea, imagina, tiene un gran sentido de lo quimérico, y se hace eco del nonsense para crear un discurso conexo aunque humorístico. Indaga en la realidad a través de lo absurdo y lo descontextualizado. Es lo que ocurre en algunas escenas de Nella nebbia di Milano.



Esperando que este monográfico les haya sido útil y se pongan a disfrutar de los poquitos libros editados en castellano del maestro italiano, les dejo con un vídeo suyo, que bien merece una mirada.


martes, 14 de noviembre de 2017

Pingoneo felino


Parece que se ha terminado el pingoneo, o eso es lo que dicen los termómetros. La caída temprana del sol (¡Dichoso cambio de hora!) y las primeras heladas del año nos empujan a cobijarnos en nuestras madrigueras. Por fin a llegado el otoño, frío pero seco (Que llueva, que llueva, la virgen de la cueva...), para quitarnos las ganas de terrazas y tardeo. Es de noche y no hay un alma por la calle... ¡Un momento! ¿Nadie? Bueno sí, esos gatos de la plaza, que siempre están rondando. De banco en banco, sigilosos acechando, hurgando entre la basura, con los vecinos ronroneando...


Ya saben de mi animadversión por los felinos, sobre todo por los de pequeño tamaño (un puma o un guepardo son otra cosa). Mamíferos impredecibles, territoriales e independientes (N.B.: ¿Será que somos iguales? He ahí la razón de mis miedos). Pero como la LIJ manda, hay que hacer frente a los propios mecanismos censores y abrir este lugar de monstruos a dos álbumes sobre gatos bastante parecidos en argumento, bastante diferentes en otros aspectos. Concretamente son El gato en la noche del genial Dahlov Ipcar (autor, tanto de este título publicado en 1969, como de Me gustan los animales y El huevo maravilloso, recientemente rescatados por Silonia al castellano) y Archibaldo, Oliver, Valentín, Paco, Recesvinto de mi admirada Katie Harnett (SM).


Ambos títulos se basan en el frecuente deambular callejero al que nos acostumbran estos animales. Saltando de un lado a otro, golismeando por todos lados. Sustos, sorpresas y algún que otro bufido, de esta puerta a aquella ventana... Vamos, que ellos, aburrirse poco. Mientras que unos, como el de Dahlov Ipcar, prefieren la oscuridad de la noche para adentrarse en los misterios del mundo y los quehaceres de sus iguales (NOTA: Les recomiendo pasarse por estos apuntes sobre la oscuridad en los libros infantiles), otros son más diurnos, fíjense en el de la Harnett, igual de zascandil que el primero pero con preferencias más humanas.


Es precisamente la ambientación de estas dos historias las que las hace muy diferentes. Mientras que la primera tiene un tono más serio, curioso, expectante y trascendental, la segunda rebosa distensión y desenfado. No es lo mismo ser un gato solitario y deambular por los campos en flor, los sembrados y todos los tejados, que ser dicharachero y zalamero, y visitar a todo el vecindario para recibir a cambio cualquier tipo de agasajo.


En el plano artístico decir que el trabajo de Ipcar sobresale por la utilización del color, gracias al que realza los contrastes y los detalles que se le presuponen a una historia de ambientación nocturna donde los contraluces y las siluetas dicen mucho, tánto que en ocasiones roza el libro informativo. Además, si prestamos atención a sus líneas sencillas y cargadas de expresividad, la narración adquiere un carácter emocionante, sobrio y sólido. Por contra, el trabajo de Harnett pertenece a una esfera más luminosa y actual, donde los ocres y beiges aportan calidez y tranquilidad a una historia emotiva y coral en la que el protagonista podría considerarse un vínculo metafórico sobre la amistad. Sus figuras desenfadadas, expresivas y con cierto aire a cómic, algo que se puede entrever en la composición de cada escena, también la hacen divertida y apta para todos los públicos.


No obstante y a pesar de las diferencias narrativas y artísticas que lucen estos dos libros, ambos se pueden adscribir a la esfera gatuna y sus peripecias, pertenezcan a quien pertenezcan y llámense como se llamen. Eso sí, ya saben que por mí, gatos, a sus ratones.


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