miércoles, 22 de febrero de 2017

Libros de lectura escolares y una pizca de nostalgia


No hay nada nuevo en afirmar que el mundo de los libros infantiles está lleno de nostálgicos. Como el de los juguetes, el de los cromos o el de los videojuegos, el universo de la Literatura Infantil está lleno de niños grandes, sí de esos hombres y mujeres que a pesar de calzar un cuarenta y tres, disimular las canas con tintes de diferente origen, padecer alopecia o dedicarse a cambiar pañales, recuerdan con añoranza sus años escolares. Lo divertido de todo esto viene cuando idealizamos, no sólo porque nos viene bien (hay mucha gente que vive de espejismos, y a pesar de haberlas pasado putas en el recreo o en los columpios, necesita sonreír unos años más tarde), sino porque siempre encontramos conexiones hermosas con el pasado.


Esa sonrisa que se despliega cuando maduritos como un servidor acudimos al trastero, ese repleto de todo tipo de artilugios, y en vez de dar con una de las múltiples cafeteras que se incluían en el ajuar, nos reencontramos con un par de libros de lectura de la antigua EGB, no tiene precio. Recuerdo que, aunque algunos nos entreteníamos con ellos un día antes de que comenzaran las clases allá por septiembre (en aquella época también había padres que no daban a basto para tanto libro de texto), otros ya tenían más que trilladas las historias de estos libros coloristas y amenos con muy poco que ver con los libros de matemáticas, áridos y llenos de números que decían más bien nada (por lo menos a mí).



Aunque algunos abominen de este tipo de artefactos aduciendo que son textos comerciales, que no dan una visión de conjunto de una obra literaria y que encorsetan al libro en un ambiente educativo y poco propicio para la lectura ociosa, he creído conveniente darles protagonismo en este lugar de monstruos lectores por varias razones...
En primer lugar creo que estos libros, aunque adolecían de cierto regusto pedagógico y no eran nada transgresores, sí pienso que favorecían la diversidad de lecturas, tanto en lo que se refiere al género y a la temática (aunaban poemas clásicos y contemporáneos, cuentos y leyendas de aquí y de allí, canciones y fragmentos de obras más extensas), como en lo que se llama niveles de complejidad lingüística y comprensión lectora, por su carácter de miscelánea.


Sí, muchos de ellos tomaban como hilo conductor una historia cercana en la que se insertaban todo tipo de textos de la literatura española y universal, llevaban al lector a un derrotero próximo, con el que se pudiera identificar, no para que se sintiera un bicho raro en mitad de un mundo cambiante, sino para que hiciera suyas las lecturas que allí coexistían.


También tenían algo de metaliteratura, lo literario dentro del libro. Quizá sea un recurso manido para acercarnos la pasión por la lectura, pero creo que todavía se sigue utilizando en un mundo de relaciones donde casi todo esta inventado. Si a ello añadimos que este libro era una especie de oasis en mitad de un yermo paraje de materias que configuraban la enseñanza primaria de entonces (contenidos y más contenidos), afianzaba mucho más el sentimiento por la lectura de los estudiantes.


Por último cabe decir que gracias a estos libros, muchos de los mejores ilustradores españoles del siglo XX, como Juan Ramón Sánchez o Ulises Wensell pudieron experimentar nuevas formas narrativas en lo que a imágenes se refiere con este tipo de productos, les proveyó de sustento (que la profesión de artista ha estado muy mal pagada toda la vida) y les ayudo a penetrar en el ideario colectivo de los niños de aquel entonces.



Todo tiene su parte buena y su parte mala (Sí, amigos, sí, las preguntas sobre lo leído, los ejercicios, los mapas conceptuales, los análisis textuales y otras metodologías pedagógicas que muchos aborrecemos y que tanto han mermado nuestro amor por las letras, también aparecen en muchos de estos títulos). Muy pocas cosas son extrapolables a la anacronía que nos depara el tiempo (No sé qué pensarán los niños de hoy ante este tipo de libros, habrá que preguntárselo...), ya que todas pertenecen a un lugar y un tiempo, pero sí creo que Mundo Nuevo (Anaya, 1979) y sus personajes Charolín y Mediasuela han hecho mucho por los que hoy somos lectores, también que Borja y Pancete (Antos, Anaya) ayudaron a muchos a resolver su lectura a trompicones, o que los famosos libros Senda de la editorial Santillana nos descubrieran los secretos de la caja de Pandora.


Así que, por todos estos y muchos más (seguramente ustedes recuerden otros provenientes de todas partes del mundo y diferentes épocas aunque yo me ciña a los de mi etapa escolar) me queda despedirme con un “¡Vivan los libros de lectura aunque ya no estén de moda!”

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